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miércoles, 8 de junio de 2011

Ciudad Joven III.



La «ruler» de Anita

Si había una niña desobediente, engreída y pleitista, ésa era Anita. La «Malita» como le decían sus amigos porque no aguantaba pulgas y se trenzaba con los chicos del barrio. Ella creció entre patines, bicicletas y juegos de niños. Lo que no se podía negar es que esta niña, tenía una gran personalidad y se hacía respetar a la hora de escuchar todas las burlas de los muchachos de la cuadra donde vivía. En suma, era como dicen un fósforito y así lo reflejaba en la cara porque se ponía cual tomate cuando se encolerizaba al oír su apodo, luego se lanzaba encima de ellos y les daba una gran paliza. Por eso cuando la veían cambiar de color todos los muchachos se iban a la carrera para no caer en sus puños y arranques de furia.
–¡Cuidado con la Malita, ya se puso roja, corran! –gritaba Daniel uno de los muchachos quien a pesar de todo le tenía gran estima a la niña. En realidad la admiraba y con el tiempo se llegó a enamorar de ella.
–¡Pobre de ustedes que vuelvan a esconder mis patines, ahorita los atrapo y les doy una zumbada! –amenazaba Anita. En tan sólo unos minutos la esquina donde se reunían ya estaba vacía.
Anita se quedaba sentaba en la vereda leyendo el letrero  del restaurante de la esquina con el menú del día viendo la banca de fierro donde se sentaban vacía ante la estampida de sus más queridos amigos, provocando una sonrisa en ella de felicidad al sentirse dueña de la cuadra. Pasados unos minutos regresaban los muchachos, porque así como se encolerizaba Anita, rápidamente se olvidaba de lo ocurrido y jugaba con ellos nuevamente.
–Daniel, trae la pelota vamos a jugar. Hoy nuestro equipo va a ganar. No hay manera que perdamos. Corre que ya son las cinco y tengo que hacer las tareas –le decía.
–Listo, Mali –sin terminar la palabra corrigía: Malita... perdón, Anita. Digo.
–Ya no digas nada. Malita tu abuelita. Ja, ja.
–Tampoco, tampoco, Anita –reclamó María, su mejor amiga y agregó: –¡Nada tiene que ver la abuelita aquí!
  Ambas se rieron y se fueron al parque para esperar la pelota.
Entre juego y juego con amistades entrañables, pasaron los años más rápido que un suspiro. Anita y María tenían ya trece años y aunque estaban bien creciditas seguían patinando, montando bicicleta y jugando pelota. 
Un día montando bicicleta Anita se dio cuenta que su short amarillo se le había manchado. Al darse cuenta su amiga por la cara de Anita, le gritó: 
–¡Te vino «la rulerr», Anita! –aludiéndose a la menstruación.
–¡Cállate, tarada! Te van a escuchar todos los chicos.
–Vamos a tu casa. Debes hablar con tu mamá. Ya eres una señorita Anita, que suerte tienes. Yo aún no me enfermo.
–Suerte...  «Aj» No te das cuenta que ahora todo se me complica.
Apenas llegó a su casa, Anita le contó a su mamá lo sucedido. La señora María José le recomendó a su hija todo lo que debía hacer en esos casos. Sobre todo le dijo: 
–Debes estar siempre preparada para esa visita inesperada para evitar accidentes desagradables. 
–Ya mamá, ya mamá –contestaba Anita pensando que era un exceso las recomendaciones de su madre.
Y en verdad, Anita tan engreída como descuidada pasaba cada susto por no tener en cuenta los días en que le venía « la ruler» como le decían las colegialas. Y muchas veces causaba molestias en su casa y también en la casa de su mejor amiga quien ya estaba aburrida y cansada de las visitas inesperadas de Anita.
–¡Ah no, Anita! Ahora sí que no te echas en mi cama, ya van dos veces que me ensucias el edredón y me tengo que dar el trabajo de lavarlo todo –le decía María a su amiga.
–No seas tonta, hoy no me toca. Eso fue la semana pasada, ¿no te acuerdas?
–¡Ah sí, de verdad! Es que tu eres una atolondrada y paras manchando todo. Lo que es yo, ya te tengo miedo, ja, ja. 
Ambas amigas tomaban a broma los descuidos de la joven hasta que un día ese olvido le hizo pasar el mayor susto de su vida. Resulta que ya los amigos del barrio no jugaban con ellas muy seguido y menos se les ocurría ponerle apodos o pelearse con Anita como cuando eran niños ya que Anita era muy bonita y los chicos lejos de fastidiarla la enamoraban, sobre todo cuando salía a patinar. 
Se juntaban en la misma esquina pero para charlar, escuchar música o intercambiar DVDs de películas. Esas tardes eran una maravilla para todos, sin más preocupaciones que los exámenes del colegio y el ¿qué me pondré? de las jóvenes el fin de semana.
–Anita ya se acabó el año, viene la fiesta de Promo. ¿Con quien vas a ir? –le preguntaba Daniel, su eterno enamorado, quien embobado la veía patinar y sin atreverse a dar la iniciativa para invitarla de pareja a la fiesta de promoción.
–Con el más guapo de todos, Aurelio Motta Riquelme. ¿Quién más?
–¿Ya te invitó? Yo pensé que irías conmigo –le contestó desilusionado el joven.
–Clarinete, Daniel. No te pases, tu eres mi amigo y nada más. 
Daniel tenía que conformarse con ser tan solo su amigo, ya que Anita solo lo veía como tal. No sabía que él estaba enamorado de ella desde niño y que siempre abrigaba en secreto la esperanza de que ella se fijara en él.
Empezó toda la parafernalia para la fiesta de promoción. Anita quería un vestido que había visto en la última revista de Vogue y ya se lo estaban confeccionando tal cual. Las sandalias con un enorme taco las había comprado con María, teniendo en cuenta que casi volteó de cabeza la zapatería para decidirse ante la paciencia de su querida amiga. Ahora sólo le faltaba decidir con qué peinado ir y ese era otro punto sumamente importante para ella.
–¡Anita la fiesta es este fin de semana! Ten cuidado no te vaya venir esa visita inesperada. Apunta en el calendario y así no te das un gran susto –le decía su mamá conociéndo lo descuidada que era su hija con esa fecha.
–¡Por Dios, mamá! No hay forma de arruinarme ese día. Me toca los primeros días –sentenció Anita muy segura de lo que afirmaba.
–¡Te he dicho que apuntes en el calendario, niña!
–Eso era un tu época mamá. No se me ocurre. Ja ja. –se burlaba la joven.
Por fin llegó el gran día, la soñada fiesta de promoción. Eran las nueve de la noche y Anita estaba muy nerviosa porque Aurelio Motta Riquelme aún no llegaba. Escuchaba el reloj cucú marcar las nueve de la noche en el comedor de la casa y hasta sentía que el cucú se burlaba saliendo de su casita para indicar la hora.
–¡Pajarráco estúpido métete a tu casa que aún no llega mi príncipe encantado! –hablaba sola Anita mientras su hermanito sentado en el comedor se reía de su nerviosismo y le repetía una y otra vez un sonsonete para fastidio de la joven.
–¡Ya no viene por ti: Ja, je, ji, jo ju! No viene, no viene!
–¡Ahorita me olvido que estoy con este traje y te zumbo Javier! Espérate, ahorita te alcanzo y… – ya se estaba remangando su vestido largo para alcanzar a su hermanito cuando de pronto, sonó el timbre.
Una sonrisa de felicidad hizo borrar la cólera de Anita contra su hermano menor. A partir de ese momento Anita era un dulce. Recibió una hermosa orquídea color lila de acuerdo al tono de su vestido. 
–¡Está hermosa Aurelio! ¡Gracias! –le decía mientras se perdía en esos hermosos ojos castaños del guapo y atlético joven.
–De nada, Anita. Tu estás más bella aún. 
Palabras suficientes para que Anita se sonrojara y derritiera de la emoción. Afuera los esperaba un  moderno auto con chofer el mismo que los llevaría a un famoso club donde sería la fiesta.
A partir de entonces Anita vivía un cuento de hadas. Aurelio era muy galante y ella por primera vez se sentía toda una mujer. Ambos se divertían mucho bailando entre sonrisas y susurros hasta más no poder. Anita se daba cuenta que era el centro de atención porque sentía las miradas clavadas encima de ella, algo que la hacía esmerarse al caminar y poner ciertas poses de diva.
Su amiga María, quien no tenía pareja hasta último momento terminó yendo con Daniel a pedido de Anita. Lo que la salvó de ir con su hermano o algún primo de la familia como suele ocurrir muchas veces a falta de pareja lo que ocasionó más de un disgusto para ella porque Daniel no dejaba de ver embobado al amor de su vida, Anita.
–¡Ya te he dicho que dejes de mirar a Anita! Ahorita te hago tragar esta flor horrible que me has dado que más parece un yuyo!
–No te molestes María, ya sabes que Anita es mi love. Además yo no iba a venir... 
Y así, entre discusiones y reclamos, esta pareja dispareja continuó en la fiesta. Después de todo, «peor es estar sola» pensaba María para darse ánimos.
Ya eran las dos de la madrugada. Anita y Aurelio se fueron a sentar a una de las salitas que daba a una terraza iluminada con luz muy tenue. Era una maravilla el efecto que daba la luz amarilla sobre unos sofás con cojines color hueso y los grandes jarrones de flores en tono marfil y melón a juego en la terraza. Todo era perfecto para ese momento. Anita tomaba su segunda piña colada y estaba muy entusismada pensando que en cualquier momento Aurelio le daría un piquito o besito y precisamente, en eso pensaba él.
Si por Anita fuera se hubiera quedado contemplando a su pareja toda la noche pero de pronto, sintió un dolor de estómago y una sensación algo incómoda. 
–¡Dios santo, me vino «la ruler»! –pensó Anita sin poder ocultar su desazón. La misma que fue notada por su pareja quien preocupado le preguntó:
–¿Qué te pasa Anita? ¿Qué dije? 
–Nada, Aurelio. Nada –le contestó la joven tratando de pensar cómo salir del embrollo. Si por ella fuera hubiera desaparecido del lugar. Definitivamente, apenas se parase del sofá era seguro que el color perla del cojín tendría una enorme mancha roja. ¿Qué podía hacer? Si le hubiera hecho caso a su madre nada de esto habría pasado. ¿Le tendría que contar a Aurelio Motta Riquelme lo ocurrido? ¡No, eso nunca, ni pensarlo! ¿Y si salía corriendo? Era peor, su vestido también estaría manchado y lo verían todos. ¿Qué hacer? Mientras la cabeza de Anita se llenaba de preguntas sin resolver, Aurelio hablaba y hablaba y ella sólo asentaba con monosíbalos afirmativos o negativos.
Hasta que a las tres de la mañana todos se enrumbaron contentos a comer algo en el amplio comedor del club.
–¡Vamos Anita, hay que ver que hay en el comedor, tengo hambre! En ese momento, se acercó un mozo para preguntarles si deseaban que les trajera algo.
–¡No! –dijo Anita a secas. Para luego decir: Bueno, Aurelio yo voy a ir al baño, le puedes decir a María que venga un ratito, ella tiene mi labial y necesito un retoque.
–Así estas bellísima. Pero si quieres te acompaño Anita –respondió el joven.
–¡No! –Contestó enérgicamente la joven para luego suavizar lo dicho con una voz aterciopelada: 
–Disculpa, es que mi mamá debe estar tan preocupada y también debo llamarla. 
Anita logró finalmente que el joven se marchara, aunque pensando para sí:  
–¿Algo le pasa a Anita? Ya lo descubriré. 
Cuando Aurelio se perdió de vista Anita suspiró algo aliviada, aunque aun le faltaba salir de ahí sin que los mozos se dieran cuenta de lo sucedido. Pasaron diez minutos interminables y María no aparecía, Anita veía al mozo ir y venir sin poder levantarse para salir corriendo al baño.
Por fin llegó María. Anita con la velocidad de un rayo le contó lo sucedido.
No debería decirte esto. Pero... ¡Te lo dije mil veces Anita...! Ya iba  a seguir hablando pero la cara pálida de su amiga la detuvo para planear primero cómo deshacerse del mozo. La solución fue pedir dos desayunos en la terraza. Apenas salió el mozo se levantó Anita y en verdad sus sospechas eran fundadas. Una gran mancha escarlata había quedado sellada en el enorme cojín.
Anita le puso una servilleta encima para tapar la mancha pero a María se le ocurrió algo mejor, darle la vuelta al cojín.
–¡Listo, Anita! 
Al ver el vestido de Anita que era de color claro María dio un grito: 
–¡Anita la mancha es enorme, no se cómo haremos para que no se den cuenta! 
Mientras hablaba movía las manos de un lado a otro nerviosamente.
–Deja de moverte que me pones más nerviosa y se van a dar cuenta. !Sígueme, lo más cerca que puedas. Tenemos que llegar al baño! –le pidió Anita a su amiga.
  Y así fue, María y Anita parecían pegadas caminando una detrás de la otra como en fila india. Felizmente, la mayoría estaba en el gran comedor tomando el desayuno. No hubo nadie que se les cruzara en el camino salvo las miradas curiosas de los mozos al verlas caminar como siamesas pero, para mala suerte de Anita, ella y su amiga estaban bajo la atenta mirada de Aurelio, quien agasapado detrás de una columna se había dado cuenta de todo, nunca se fue para averiguar que estaba pasando con Anita. Se rió y fue a contar lo sucedido a sus amigos, tomándolo en broma.
Anita sin sospechar que su secreto estaba siendo divulgado, ya en el baño con su amiga, con la ayuda de la señora de limpieza lograron quitar la mancha con bastante agua fría. La secaron con el seca manos y el vestido quedó sin rastros.
Ya eran casi las cuatro y media de la mañana cuando María y Anita aparecieron sonrientes como si nada hubiera pasado, pero empezaron a escuchar los estúpidos cuchicheos de algunos jóvenes en complicidad con Aurelio, quienes eran tan infantiles, y faltas de cultura que no se daban cuenta que era tan solo un cambio hormonal, el mismo que han pasado todas las nujeres, incluso sus madres y que no merece broma alguna, salvo que sean unas criaturas sin razonamiento, por decir lo menos.
  –Anita estas hermosa. ¡Auch! Una patada en la canilla de Daniel de parte de María lo dejó sin habla ante la risa de todos, pero contrario a lo que pensaba María, Anita valoró a su amigo en ese momento y enterada de la indiscreción de Aurelio Mota Riquelme, tomó la mano de Daniel, quien en ese momento demostró ser un hombre inteligente y respetuoso y se puso a bailar con él, ignorando a su pareja de baile, quien quedó a un lado por su falta, terminando por irse de la fiesta, convirtiéndose desde entonces en la peste para las chicas, quienes temían caer en sus burlas.
Daniel estaba feliz de estar con Anita y no podía creer cómo desencadenaron las cosas, las mismas que acercaron ese amor que hasta unas horas veía imposible. El desencanto de Anita por el más guapo del barrio, era una realidad a favor de él.
–Bien dicen que el que la sigue, la consigue –pensaba María, quien se quedó sin pareja de baile pero estaba feliz por su amiga y saboreando todo lo que podía del delicioso buffet.
Llegando a casa, Anita le contó a su mamá lo ocurrido y doña María José sentenció:
–¡La visita inésperada, mi hija! Apunta en el calendario niña que te va a pasar, otra vez, Andrés.
–Amén –contestó Anita dándole la razón a su madre y desde aquella vez apunta en su calendario «Andrés» porque viene una vez al mes.

sábado, 4 de junio de 2011

Ciudad Joven III.




El Profesor de arte.

Pedro Pablo era un muchacho de trece años de apariencia descuidada. Su uniforme escolar, si así podía llamarse, lucía terrible. La camisa siempre la tenía desarreglada por culpa de algún botón desabotonado y el cuello casi siempre arrugado y doblado. Los bolsillos por lo general manchados de tinta, llenos de lapiceros de colores, con uno que otro agujero producto de la costumbre del muchacho de llevar una regla de metal, la misma que era parte de su día a día ya que acostumbraba  hacer anotaciones en varios colores y subrayarlas. 
Sus zapatos jamás habían visto betún alguno y lucían desgastados por la costumbre del muchacho de nunca desamarrarse los pasadores y ponérselos a la fuerza o usar los zapatos como pantuflas, pisándoles el talón dentro de la casa.
Y aunque su libreta de calificaciones paraba llena de observaciones al respecto de su descuidada apariencia, al estudiante poco le importaba esos detalles. Sus padres sabían que su descuidado aspecto era el de un muchacho genio distraído ya que sus calificaciones en su mayoría eran sobresalientes.
A Pedro Pablo sin llamarse José  le decían Pepe por las iniciales de su nombres. Él firmaba sus trabajos con  dos letras PP, siendo con el tiempo sinónimo de excelencia en los trabajos del aula del colegio.
Como pasatiempo a Pepe le encantaba hacer sudokus en los niveles más complicados y los resolvía con facilidad en breve tiempo ante la admiración de sus amigos. También hacía crucigramas, pero no los sencillos, sino los difíciles a doble página de un diario local y sin diccionario ya que tenía una memoria extraordinaria. 
Sus cuadernos eran algo extraños, llenos de anotaciones indescifrables y conclusiones diversas, plagados de colorinches. Por lo cual no eran  del agrado de los profesores pero al igual que los padres de Pepe ellos también lo consideraban un genio. Tanto así, que muchas veces sus exámenes eran ejemplos para sus compañeros por su excelencia.  
Pero no todo es perfecto en la vida. Si algo no podía hacer Pepe era dibujar, bailar y menos tocar música. En suma, un cero a la izquierda en cuanto a arte se refiere. 
Lamentablemente para el joven, su padre, quien era director de la escuela y egresado de bellas artes, era bastante estricto con su hijo en lo referente a su formación artística. 
–Anímate hijo yo se que tu tienes condiciones para ser un gran artista. ¡Lo que se hereda no se hurta! –le exclamaba su padre mientras orgulloso acomodaba algunas acuarelas pintadas por él y por su padre en un gran álbum antiguo. El abuelo de Pepé era un gran pintor acuarelista y al igual que su padre tenían trabajos muy buenos.
–¡No Papá! No insistas. A mí no me gusta pintar. Menos, dibujar –contestaba el joven entre dientes mientras movía la cabeza de un lado a otro y seguía con sus anotaciones resolviendo algún problema de matemática. Y paradójicamente lo hacía en el sketch book de arte por tener las hojas más grandes y facilitarle todas sus elucubraciones.
La madre de Pepe al escucharlos, se sacó los lentes, dejó a un lado un libro que estaba leyendo e intervino: –No insistas con el muchacho querido, lo mortificas en vano  –se acercó a su hijo, le acarició el pelo, le dio un beso en la frente y le dijo orgullosa: 
–¡Él es mi Einstein!
Pero el padre de Pepe era persistente en su empeño. Casi todos los días en el desayuno, o cena se esforzaba en hablarle de diferentes pintores famosos y la habilidad o técnica de cada uno. Un día, sobre Van Gogh y el color. Otro sobre Rembrandt y el claroscuro. Otro sobre Dalí y el surrealismo, etc. De nunca acabar.
El día domingo Pepe se levantó con el delicioso olor de avena con manzanas y canela que preparaba su madre para los fines de semana, ya sabía que luego seguirían los tamales y pan con chicharrón. Día esperado por el muchacho pero también por su padre, quien venía preparado para una clase de arte y dibujo. Pepe al verlo tan entusiasmado se sentó en la mesa sin más alternativa que escucharlo resignado ante el fastidio de su madre, quien sabía de la poca vocación de su hijo para el arte.
  –Tu sabes Pedro Pablo que el surrealismo es un movimiento pictórico del siglo XX…–en ese momento, la madre de Pepé al ver que el padre iba  a empezar con la misma cantaleta interrumpió a su esposo mientras acomodaba las tazas para el suculento desayuno dominical:
–Por favor Manuel, deja a nuestro hijo desayunar tranquilo aunque sea un domingo. Ya sabes que a él no le interesa mucho tus pláticas de arte.
–¡Es el colmo que te atrevas a interrumpirme para decirme eso! 
Un golpe en la mesa sello la oración y madre e hijo se miraron y quedaron mudos. Ya sabían que cuando el padre de Pepe se encolerizaba las cosas acabarían muy mal. Un minuto de silencio y don Manuel mirando a su hijo le dijo: 
–Como te decía hijo. Los sueños son representados… 
En ese momento la empleada entró corriendo al comedor de diario interrumpiendo nuevamente a  don  Manuel. Pero esta vez para avisar que el viejo perro de Pepe había mordido al perrito salchicha del vecino. 
Todos corrieron al patio encontrando a Toro, su perro Mastín agarrando del cuello al perro del vecino, el mismo que no podía ni moverse por tener el cuello entre los enormes diente del animal. 
A Pepe le dio mucha pena el animalito pero una sonrisa se le escapó al saber que ese perro  por fin estaba mudo ya que ladraba todo el día y era insoportable escucharlo. Finalmente, Toro solo jugaba con él ya que nunca lo había mordido. Además lo mejor de todo era que gracias a ello estaba liberado de un desayuno dominguero de lecciones de arte. 
Su madre que comprendía a su hijo le dijo:  
–Ve con tus amigos Pepe. Tu padre va a tener que ir a hablar con la vecina –mientras le envolvía unos panes con tamal y chicharrón. Al joven no se lo tenían que decir dos veces, y salió corriendo como alma que lleva el diablo con su valioso cargamento.
Al día siguiente, como siempre antes de ir al colegio, el padre de Pepe veía el noticiero matutino y como tantas otras veces le decía a su hijo nuevamente:
–Hijo, estoy orgullosso de ti. Has heredado el talento de tu padre y de tu abuelo. 
A lo que el muchacho sin contestar cargaba una mochila de pesares al respecto porque no había manera que don Manuel entendiera lo frustante que era para su hijo no tener la habilidad y vocación para agradarlo.
Ya en el colegio, don Manuel se encargaba personalmente de recomendarle al profesor de artes plásticas que tuviera especial esmero con su hijo ya que sería un brillante artista a futuro. Definitivamente, el profesor sabía de las pocas habilidades del alumno para esa materia pero no se atrevía a contradecir al director, sobre todo sabiendo que su puesto había sido reemplazado ya dos veces. Tampoco era justo perder su empleo por lo que consideraba un exceso del padre con un hijo tan brillante.
–¿Por qué no habrá escogido música o danza? –se preguntaba fastidiado el profesor Salcedo sabiendo que el curso de pintura era opcional. Es decir, sólo era obligatorio llevar uno de los tres: música, danza o pintura. 
–¡Suerte la mía! –se lamentaba a regañadientes sin saber qué hacer con el muchacho quien en las clases parecía  abstraído en sus pensamientos en un planeta lejano por no decir en la luna.
Pero el profesor de pintura, Salcedo con el tiempo llegó a tenerle mucha estima a su alumno Pepe, ya que veía los esfuerzos que hacía el joven por complacer a su padre. 
Aunque pasaron varios meses sin conseguir que Pepé dibujara siquiera una manzana sin que pareciera una pelota, finalmente para no torturar al muchacho decidió dejarlo asistir a clase sin presionarlo.
–Total, para que le hago la vida  a cuadritos, sólo falta tres meses y termina el año –se decía dándose ánimos el comprometido profesor  pensando con remordimiento en las recomendaciones del padre. 
–¡De padre torero, hijo bailarín! –sentenció, con una mueca antes de entrar a clases. 
–Buenos días alumnos...  
Claro que nada de esto sabía don Manuel quien se vanagloriaba en cuanta reunión familiar había de las aptitudes de su hijo para la pintura. Al acercarse a ver los supuestos dibujos en las bitácoras de arte de Pepe, que no erán otra cosa que sus anotaciones algo peculiares con lapiceros de colores se le oía exclamar al padre. 
–¡Es un Dalí! –Y Pepé se golpeaba la frente, lamentándose de su fracaso como artista y en la decepsión que tendría su padre al saber la verdad.
Hasta llegó a comprarle una bella colección llamada Artista para aprendices de seis tomos con tapa dura y anillado para que practique en su afán de interesar a su hijo.
–¡Mira, hijo, esta maravilla! Es una de las mejores colecciones para aprendices que he visto, solo tienes que seguir las indicaciones en tu libreta bitácora y en breve ya tendrás tu primera obra. Empieza con Leonardo que te enseñará lo básico del dibujo... –le decía el padre entusiasmado mientras abría los cuadernos de dibujo ante la mirada desilusionada del joven quien ya ni contestaba por pena a quitarle el entusiasmo a su iluso padre.
Las notas de Pepe eran sobresalientes en todos los cursos y gracias a que el profesor de Artes plásticas no le ponía la nota que verdaderamente merecía para mantener feliz al padre, también ayudaba a Pepe a tener el primer puesto en el promedio general. En verdad, se merecía tal mérito porque el joven era de un coeficiente intelectual superior a ciento treinta. Y bueno dicen que la inteligencia se hereda a través de la madre por el cromosoma X, un gran punto a favor de la señora Rosaura, mamá de Pepe. Claro, algo que don Manuel nunca aceptaría.
Todo andaba sobre ruedas para Pepé en el colegio, hasta que llegaron los exámenes finales. Lamentablemente, para el examen de Artes plásticas el profesor de Pepe se enfermó y tuvo que ausentarse de asistir precisamente ese día.
El estudiante nunca imaginó lo que ocurriría ya que confiaba pasar ese curso con la ayuda de su cómplice y amigo el profesor Salcedo. Pero ya en la clase empezó su peor pesadilla.
Al ver que el profesor no se había presentado y era reemplazado por otro, Pepe empezó a transpirar. Las manos las tenía mojadas y un frío le recorría la espalda. 
–Saquen su sketchbook vamos a realizar la prueba con lo que ya han aprendido. Perspectiva y un bodegón. Yo les voy a poner las líneas de fuga y ustedes…
–Mi padre se va enterar que todo ha sido una farsa. Que soy una nulidad en arte y todos sus sueños se van a desmoronar –pensaba Pepe ansioso. De pronto vio una sombra en su pupitre delante de él. Era el profesor de reemplazo quien con una regla en mano le señalaba la pizarra para que empiece el exámen. Pepe hizo el además de copiar lo que veía en la pizarra y el profesor se fue a su lugar.
De vez en cuando el nuevo profesor hacía algunas notas y de vez en cuando miraba a los alumnos ya que para él, éste era un curso difícil de copiar. Y cuánta razón tenía. A Pepe no se le ocurría ni hacer una línea ya que era imposible para él interpretar dibujo alguno. Todos estaban muy entretenidos en sus trabajos. Pepe los miraba de reojo y al ver lo bien que avanzaban sus exámenes más se lamentaba de su poca habilidad y más nervioso se ponía. Su cabello estaba mojado y pegado a la cabeza por lo mucho que transpiraba.
Pasaron veinte minutos y Pepe seguía con las hojas de su sketchbook en blanco y con el lápiz en la mano a punto de romperlo de tanto que lo apretaba. Nada ganaba intentando mirar a un lado y a otro. No había nada que pudiera hacer. ¿Cómo copiar un dibujo? Todo era en vano y el reloj seguía avanzando.
Pepe miraba el aula y los techos que eran altísimos ya que el colegio quedaba en una antigua casona barranquina, parecían cada vez más altos y él cada vez se sentía más pequeño. De pronto, se paró una alumna y entregó su prueba. Y así fueron desfilando de uno en uno. Para la mayoría este curso era el más fácil de todos a la inversa de lo que pensaba Pepe.
Cuando todo parecía perdido ya que solo quedaban pocos alumnos en sus carpetas, una hoja de cartulina cayó del viejo ventanal a su pupitre. Pepe extrañado miró al profesor y a los lados y al ver que nadie se había dado cuenta de lo ocurrido, observó que ¡Era el exámen! Un hermoso bodegón sombreado con perfectas frutas a carboncillo que envidiaría cualquier artista de renombre estaba frente  a él. Inmediatamente, suspiró y sus pulmones parecían llenarse de aire nuevamente. Al ver la prueba resuelta entendió que lo estaban ayudando a salir del gran problema en que se había metido. 
Disimuladamente vio por la ventana para buscar a su benefactor y a lo lejos divisó al profesor Salcedo retirarse y perderse por los jardines del colegio. Su querido profesor y amigo lo había ayudado entregándole el exámen resuelto aun estando enfermo. Algo que Pepe valoró mucho y lo que consolidó una gran amistad.
Pasaron varios años para que el padre de Pepe cambiara su actitud. Su hijo siguiendo su vocación verdadera se graduó de Físico e hizo una maestría en la Universidad Complutense de Madrid para alegría de sus padres y del profesor Salcedo.
–¡Es un Einstein! –se le escuchaba decir al padre de Pepé en todas las reuniones orgulloso de su hijo. 
El profesor Salcedo era ya parte de la familia y esta historia pasó a ser una anécdota. Aunque el profesor de arte reconoció que estuvo mal la manera cómo ayudó a Pepe, en ese momento no encontró otra salida y ahora le sirve para hablar con los padres de familia y hacerles entender que cada alumno tiene diferentes habilidades y destrezas. Es decir: ¡No se pueden pedir peras al olmo!